Del poemario "No me digas que me amas"
BOLERO
En aquella sala de baile
sólo el destello de tus ojos
y el rumor de tu mano
acercándose a la mía.
Bailamos el amor imposible, el abandono
y otros boleros
entre la hojarasca de todos los poetas
borrachos de palabras, ahítos de vodka.
Aleteando dos gardenias
abismando cada vez más
los besos al compás de la vieja victrola
nuestros cuerpos se buscan.
¡Ah, el tigre violeta de mi deseo!
¡Ah, el veneno azul de tu deseo!
Mis labios maduran.
Cuando el fragor se aplaca
y tu dulce cuerpo se aquieta,
tu mano me entrega sus últimos pétalos.
Una luz gotea tenue sobre tu espalda.
SALTO
Era de piedra,
roca mirando al abismo.
Las olas, meciendo mis hondas nervaduras.
Te acercaste un día.
Vibré a tu contacto
y lo que en mí se movió,
desde muy dentro buscó tus manos.
En este país yermo, en este paraje sin tiempo.
Has regresado con todas tus herramientas.
Descubres mis formas.
Lo que era bloque es ahora
piel, cabello, sangre.
Me respiras.
Soplas el fino polvo que se acumula en mis pliegues.
Me despiertas de mi sueño inmemorial. Me levantas.
Me siento viva y humana y animal.
Hasta la última fibra.
Me siento amada, fervientemente amada.
Me siento mortal, fervientemente mortal.
DESDE EL FONDO
Estoy viendo al adversario
desde el fondo de esta tarde,
llamándome desde el océano.
Estoy viendo al ángel lascivo
persiguiendo mis lentas telarañas
y mis brazos de cal.
Estoy viendo el estío
como una espina clavada
en mi vientre.
Estoy viendo la hermética
región de mi deseo
metálico y fresquísimo.
Al sólo roce del recuerdo
se enciende la oscura rosa.
Igual que el blando material
del sueño,
me bebes,
me traspasas,
dulce y violento adversario,
desde la sombra de mi propio deseo.
COMO UNA MELODÍA
Como una melodía de Edith Piaf
que sonara en una vieja pianola
y, atravesando el patio
se dejase caer lentamente desde el fin del mundo,
así llega tu recuerdo.
Quiero cambiar de doctrina;
no sufrir el mordisco del chacal
en mi dulce carne.
La voz se repite dentro de mí.
Cierro los ojos como si fueran sábanas de limo.
El acordeón
se funde con esta saudade.
Ya no se estila morir de amor
ni de desamor.
Pero la alondra
continúa lanzando sus saetas
directo a mis arterias.
Y camino como dice el cuento:
dejando un rastro de sangre
reconocible
sobre las amapolas de mi puerto.
CIUDAD LETAL
Como una virgen de adornado altar en un mercado,
aguardo.
La ciudadela, amada vestida de tules y enguantada.
Busco tu rastro, entre los ojos, entre las butacas vacías.
Sé que estás al otro lado,
sé que eres otro. Aunque te veo y te toco.
Aquí, en el Infierno, entre risas disonantes.
No te puedo amar, Orfeo, cuando buscas rescatarme.
Yo, Eurídice vagabunda, miro un bello rostro de yeso
en la esquina de la discoteca.
Huyo a otra caverna.
El proceso es arduo.
¡Canta, Orfeo!
Quizás así espantes las olas de susurros
que como lenguas de lodo
nos acosan.
¡Canta, Orfeo!
¡Antes de que la marea del Averno nos separe!
Perdidos
como cuervos en el mediodía equinoccial y espeso,
ciegos de esplendor y perversión
caminamos de la mano.
Sabiendo
que la ciudad letal tiene marcados nuestros pasos
como ríos que se alejan hacia diferentes océanos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario